Estado plurinacional y racismo

Columna publicada por Osvaldo Torres, militante de Fuerza Común, miembro del Consejo DIrectivo, publicada en El Mostrador.

Recuerdo que en el centro de torturas de Villa Grimaldi, nos gritaban “¡la raza es la mala!”, y su trato vejatorio no cejaba hasta ver a las víctimas en total humillación, cuando no muertas. Inicialmente no comprendía esa frase, pues poco tenía que ver la supuesta raza por nuestra militancia en la resistencia a la dictadura.

Aquellos torturadores operativos, en general, provenían del escalafón bajo de las FF.AA. y Carabineros (aunque los Krassnoff, Moren Brito y otros no le hacían asco). Ejecutaban su labor, escuchando la radio Colo Colo, con el hit “Gigi el amoroso” y tratando de putas a las mujeres que se “meten en política”. Torturaban para purificar un país cuya “raza chilena” había sido vaciada de su pureza y grandeza por las ideas marxistas y conductas no subordinadas a la autoridad militar-patriarcal que el país necesitaba y que la dupla Pinochet-Hiriart tan bien representaba.

Lo anterior puede parecer exagerado, pero si se considera la Historia de las ideas y la cultura en Chile de B. Subercaseaux, se entiende que la construcción de la idea de “raza chilena” tiene más de un siglo de persistente hegemonía en los textos escolares, en la transmisión de saberes populares, resignificándose y mutando desde fines del siglo XIX.

Antes de la Independencia, el orden político era racializado y se expresaba en los “cuadros de castas” con sus “razas puras” y sus mezclas –cual registro civil de la época–, otorgando según ello un lugar en la sociedad colonial. Luego de 1810, con esa tradición a cuestas, las élites gobernantes buscaron construir “una nación chilena” territorial y administrativamente, y también una identidad, a través de un relato que organizara el imaginario colectivo de lo que era “ser chileno”.

Como es sabido, el pensamiento ilustrado dominante de esa época impulsó la idea de Chile como nación homogénea y con una misión civilizadora hacia los territorios del norte y sur de la zona central. En esa tarea necesitó de un discurso –reflejado en la literatura y la prensa– como del Ejército, el que cumplió un rol clave para invadir e imponer el imperio del Estado central, en territorios habitados por otras naciones y pueblos tanto bolivianos y peruanos como mapuche, lafkenche, kawashkar, selk’nam y yámanas.

Sin embargo, el concepto de “raza chilena” se hizo más popular y se teorizó en medio de la crisis del sistema parlamentarista oligárquico de fines del siglo XIX, que había debilitado la credibilidad en las instituciones, abriendo paso a la Constitución de 1925.

La idea de la “raza chilena” tuvo su sustento en varios intelectuales y “científicos” de pensamiento biologicista de un darwinismo social, tanto en liberales y conservadores, de corte nacionalista. Entre los más destacados estuvieron Tancredo Pinochet, Francisco A. Encina y Nicolás Palacios, como importantes pedagogos. A la mencionada crisis, se requería responder con una nueva categoría de inclusión social –la raza– que se inventa justificando al mestizo, nacido de la mezcla “biológica” española y mapuche, “dos razas puras” que en su conjunción forman un nuevo crisol único en América, la que, como “nueva raza”, pura,  tenía un gran destino.

Su ejemplo político era el desempeño del “roto chileno” en la Guerra del Pacífico y con la invasión al territorio “araucano” este mestizo aportaría su estirpe a la gestación de la “raza chilena”, finalizando así “el araucano” su misión en nuestra historia nacional.  Esta “raza chilena”, como se aprecia, le otorga un rol clave al mestizo, aportando hacia 1920 una identidad popular al proyecto político que amalgamó Arturo Alessandri, como caudillo de masas, pero persistiendo en la política de aculturación del pueblo mapuche y de asimilación al Estado central.

Este enfoque también se instaló en la creciente educación pública, que requería reafirmar el principio de nación, con Carlos Fernández Peña, Darío Salas y la Asociación de Educación Nacional, que dotaba de un relato “integrador” por la vía de suponer un país homogéneo (“raza chilena”), mas no de reconocimiento de las diferencias, apoyado en un positivismo darwinista y eugenésico, que permitía situar a los pueblos indígenas en la escala inferior del “proceso civilizatorio”. La educación pública dejó instaladas estas ideas en el sentido común de las mayorías, las que persisten hasta el día de hoy, bajo formas y lenguajes distintos, actitudes y creencias profundas que ordenan la forma de ver el mundo social y a los habitantes del país.

Actualmente, la “raza chilena” es la que protagonizó los hechos en la Región de La Araucanía con los ataques a los municipios que estaban en toma por jóvenes mapuche. También se hace presente en los discursos de dirigentes gremiales de camioneros y comerciantes en paro contra el “terrorismo” (“el otro”, mapuche), solo por mencionar dos ejemplos recientes.

Es en este contexto que me hace sentido que los suboficiales y civiles reclutados por la DINA y la CNI desde Carabineros, FF.AA. y la ultraderecha, hayan gritado en ese período en los centros de tortura y exterminio: “Es la raza la mala!”.

Si el 18 de octubre, producto de la movilización social, abrió la posibilidad de forjar un “nuevo Chile”, se requiere cuestionar esta “herencia cultural” que permea las instituciones estatales (basta recordar la fracasada consulta indígena de mayo 2019, que buscaba liquidar el sentido de territorialidad comunitaria), y que ahora postulan nuevas formas de integración subordinada a un Estado centralista y tolerante con el racismo.

Por ello, se requiere de un nuevo acuerdo entre los poderes del Estado, con los pueblos originarios, para que se les reconozcan los derechos consagrados en el Convenio 169 y la Declaración sobre los Derechos de los Pueblos Indígenas de Naciones Unidas, firmada por el Estado de Chile. El inicio del fin del racismo en Chile tiene como condición el reconocimiento constitucional de sus derechos, de la autonomía en la elección de sus autoridades y de las formas de gobernanza en los espacios que habitan, demostrando que la base de la convivencia está en el igual respeto a los Derechos Humanos de todos.

Ante el fracaso en las políticas de exterminio, reducciones, asimilacionismo o campenización, el camino es pensar un nuevo Estado –para un territorio que nunca fue de una sola “raza”–, que debe promover políticas de reparación, justicia e integración con respeto a las naciones que convivimos en un mismo territorio.

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