Mi reino por un caballo: La crisis de los guardianes del modelo neoliberal

Columna publicada por La Voz de los que sobran por el militante de Fuerza Común Mario Horton

“¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”.– Esta es la frase que le debe a la dramaturgia la leyenda del rey inglés Ricardo III, caído en batalla el 22 de agosto de 1495. Mucho se ha discutido en torno a su mítica figura y todo un litigio historiográfico se ha desarrollado a lo largo de los años, para inferir cual fue el verdadero carácter de este rey enigmático, que incluso Shakespeare retrató magistralmente como un monstruo deforme impulsado por la venganza y la ambición desmedida, en el que la ceguera por ocupar el trono funciona como paradigma de la obsesión por el poder.

La mañana de su muerte, según cuenta una de sus leyendas, el rey se preparaba para la batalla mas importante de su vida, aquella que le pondría término a la “Guerra de las dos Rosas” y con la que podría asegurarse de conservar el trono de Inglaterra perpetuando su poder. Secuestrado por la ansiedad y el miedo, pero obstinado en su soberbia, se dice que Ricardo habría enviado a un muchacho por su caballo favorito. Deseaba que estuviera perfectamente preparado y para ello envió a su siervo a hablar con el herrero. Este le advirtió; – «En estos días he herrado a todo el ejército del rey, y ahora debo conseguir más hierro.» – «No puedo esperar» -gritó el joven con impaciencia.- «Los enemigos del rey avanzan y debemos enfrentarlos en el campo. Arréglate con lo que tengas. De prisa, o el rey Ricardo se enfadará con los dos».-

Los ejércitos se encontraron cara a cara en la ciénaga que hoy corresponde al lugar donde se emplaza la ciudad de Leicester, en el corazón de Inglaterra. En el fragor del clímax de la batalla y dándose cuenta de que sus huestes retrocedían intuyendo la derrota, Ricardo habría decidido blandir su espada con fuerza y espolonear a su caballo para arremeter contra los ejércitos de los Tudor de Enrique VII, y así envalentonar a sus alicaídos guerreros. Pero esa gesta sería la que le causaría la muerte. Una de las herraduras, mal fijada a las pezuñas del animal, se desprendería haciéndolo perder el equilibrio y caer, quedando abandonado en el lodo, a merced de los bandidos desalmados que conformaban la primera línea del ejercito rival. –“¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!”– Habría alcanzado a balbucear el rey, según el imaginario del mayor dramaturgo de la historia de occidente, antes de caer mortalmente herido por la hoja de una espada.

Hasta ahí la mitología: En el año 2012, un equipo de arqueólogos encontró en un estacionamiento de Leicester, los restos mortales del rey. Once lesiones en el cráneo confirmaron que fue abatido en batalla y, la ausencia de heridas defensivas en los brazos, los llevaron a deducir que su pesada armadura lo protegió de todo, excepto de los hachazos en la cabeza. Una escoliosis marcada en su columna demostró que sus deformidades congénitas no eran parte de la imaginación de William Shakespeare, pero nunca sabremos si la leyenda popular de la herradura es cierta o si realmente declamó el texto del dramaturgo antes de morir.

Lo que si podemos permitirnos, es una reflexión pertinente al respecto; “Por falta de un clavo se perdió una herradura, por falta de una herradura, se perdió un caballo, por falta de un caballo, se perdió una batalla, por falta de una batalla, se perdió un reino… y todo por falta de un clavo en la herradura.” Ficticio o no, así reza la canción popular inglesa inspirada en un antiguo poema, que opera como moraleja del relato.

Y así parecen estar hoy los sectores conservadores de nuestro país: intentando clavar un hierro mientras el caballo galopa. En su acostumbrada actitud reaccionaria han asomado desesperados los edecanes del neoliberalismo, que ven cómo se les comienza «a desgranar el choclo» de un modelo fisurado en uno de sus pilares fundamentales, que bajo la lógica de la acumulación individual, en las antípodas de una concepción solidaria de desarrollo, ha producido recursos inimaginables para la expansión empresarial de unos pocos tanto en Chile, como en el extranjero, granjeándose a punta de promesas incumplidas no solo la irritación de los cotizantes de norte a sur, sino que también ganándose por derecho propio, ser el blanco de una lucha de clases que nunca terminó del todo.

Parecen dividirse entre los que intentan alcanzar acuerdos mirando hacia el centro, y los que se obstinan en corregir un detalle de último minuto, acomodando la montura con una mano y  sosteniéndose de la tusa con la otra, sin intuir siquiera que al caballo está a punto de morir. Estos últimos son mayoría y, no alcanzan a dimensionar la magnitud de la desconexión que tienen hacia el nuevo estadio del pueblo de Chile que, a su vez, ya ha desenrollado la madeja de los mecanismos de abuso y la desigualdad; Este es el nuevo clivaje de la derecha.

Su derrota no solo se materializa en la votación del miércoles en la cámara de diputados, que por cierto es contundente (situación que a la vista de todos los antecedentes se repetirá esta semana en el senado), sino que en la indiscutible realidad que demuestra su incapacidad de legitimarse frente a una ciudadanía, esa que abrió los ojos y que se cansó de esperar un chorreo que llegaba a cuenta gotas .

Tan profunda es la crisis del sector, que sus propios ideólogos y pensadores hoy se refocilan en sendos análisis de lo que ya comienza a posicionarse como la mayor crisis de gobernabilidad desde el término de la dictadura.

Daniel Mansuy, reconocido académico de derecha, se atrevió a asegurar que Sebastián Piñera podría “ser el sepulturero del presidencialismo en Chile”. Esa frase pide a gritos quedar reverberando por los salones de palacio durante años. O Pablo Ortúzar, uno de los principales intelectuales del sector oficialista, que a través de un medio radial aseguró no tener “claridad de que Piñera pueda terminar su mandato (…) tenemos un Presidente que está solo en un Estado que se está cayendo a pedazos”.

El coro de críticos es numeroso y se deja escuchar por todos los flancos. Incluso el Senador Moreira, en una contorsión política sorprendente, ha aprovechado al máximo sus minutos de fama y ha declarado que apoyará el proyecto del retiro de los fondos previsionales. Así retomó el testimonio de un protagonismo que su generación había abandonado hace algunos años, cediéndole terreno a los noveles neoliberales de turno que han trepado hasta los escaños que por décadas les estuvieron prohibidos.

Hoy, pareciera que muchos nos quedamos sin las coordenadas políticas para entender lo que se está fraguando. Y esto no es baladí, porqué con lo que este proyecto de ley abrió en la discusión pública y al interior de las instituciones (una alianza bizarra e invisible que involuntariamente aglutina desde diputadas comunistas, hasta senadores de la derecha dura y tradicional), le está dando el tiro de gracia a un modelo que comenzó a fatigarse a lo largo y ancho del mundo, y sus defensores acérrimos están en un callejón sin salida.

En ese contexto, tan errático, no resultaría extraño ver al ejecutivo incurrir en el error estratégico de llevar la discusión del proyecto del retiro hasta el Tribunal Constitucional, que de fallar en contra de la reforma que permitiría la promulgación de la ley, lo transformaría inmediatamente en el nuevo blanco al cual apuntar las flechas.

Es la paradoja del acuchillado, políticamente hablando, porque si recurre al TC, pierde. Y si no lo hace, también. Es de esperar que, de una vez por todas, las fuerzas progresistas logren articularse en torno a sus mínimos comunes y no se atomicen una vez más en función de sus legítimas diferencias, celebrando victorias tristes para congraciarse con los convencidos. No solo de cara a este proyecto de ley en particular y su tremendo valor simbólico, también mirando con atención una oportunidad que no se presenta con frecuencia en la historia de Chile, el proceso constituyente, que comienza a cristalizarse en nuestra propia ciénaga definitiva, el bastión que hay que conquistar y al cual no se puede asistir con las herraduras rotas. La República los estará observando desde un lugar potencialmente hermoso cien años en el futuro. Y el movimiento social también.

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